Querida hermana, Virginia:
¡Qué pena tan grande
tengo por tu prematura muerte, por tu marcha, tan joven todavía! Siento un
vacío y un dolor inmenso: me entristece saber que ya no podremos llamarnos por
teléfono ni comentar tus cosas y las mías, hablar de mil asuntos o, como a los
dos nos gustaba, de algún cotilleo del que te habías enterado. Qué ya no podré
ir a visitarte y tomarnos algo en el parque o en el paseo y despedirnos con un
abrazo o esos besos graciosos que nos dábamos para despedirnos. Qué ya no
estarás más con tus hijas y con toda tu familia y amigos. Aunque yo sé que
nunca te irás definitivamente, que siempre estarás con ellas y con nosotros,
porque siempre te recordaremos.
Pienso en todas las
cosas que compartimos, nuestra infancia y juventud juntos, llenas de
anécdotas increibles. Pienso en muchas de las conversaciones que tuvimos,
algunas absurdas, hasta en las peleas y malos rollos que tuvimos ¡Cuánto me ha
dolido verte así en las últimas semanas! Repetías que “esto no
tiene sentido” y no lo tiene, no hay explicación a lo que te ha ocurrido,
porque siempre has sido una persona con buena salud. Duele que esta desgracia
le pase a un ser querido tan cercano, sin ningún motivo, un castigo
semejante.
No me ha sorprendido
tu fuerza descomunal hasta el último día. Has demostrado un coraje inmenso, a pesar de las
dificultades que te fuiste encontrando a lo largo de estos dos años.
Suerte que contaste
con apoyos hasta el final, como el de tus amigas Ana y Mayte y de otras
personas que te querían, amigos y familia, de tu pequeña Gabriela, que era el
lazarillo que te llevaba de la mano las últimas semanas. También el
nuestro, por supuesto, de tu cuñada, siempre al teléfono para amortiguar tus caídas
y recaídas, contigo en todas las consultas, desde el primer ingreso, desde la
terrible noticia.
Sé que me citabas
muchísimo, a tu único hermano, a tu "Luisico". Yo no dejaba de pensar
y sufrir por ti, por tu deterioro. Siempre recordaré esos últimos abrazos que
te pude dar, esa compañía, camino de la heladería a la que solíamos ir.
Pero como he dicho
antes, Virginia, tú no te marchas, tú te quedas para siempre en nuestros
corazones y en nuestros pensamientos. Porque estás en el recuerdo de tantos y
tantos que te quisieron, de tu familia y de tantas y tantas amistades que te
apreciaban verdaderamente. Con el tiempo te seguiremos recordando cómo has
demostrado ser, fuerte como una roca, valiente y luchadora.
Tus hijas seguro que
también te echarán a faltar y tus amigas de toda la vida, siempre te recordarán
como una persona alegre y auténtica, una
persona que no se detenía ante nadie. Ya estás junto a mamá y papá allá donde
estén. Cuídanos a todos los que te quisimos.
…………………………………………………………………………………………….Nuestra historia.............................
Desde pequeños
estuvimos muy unidos, ya que tú y yo nos llevamos poco y somos, por tanto, casi
de la misma edad. Crecimos y nos criamos juntos, a mediados de los 70, viajando
de pueblo en pueblo en aquella España de la Transición, cambiando de colegios y
de amigos siempre de manera abrupta, porque nuestro padre se trasladaba de
ayuntamiento en ayuntamiento, hasta llegar al pueblo de Dolores, donde
finalmente se jubiló
Todavía recuerdo
nuestra crianza y a nuestra madre sobrepasada por esos dos pilluelos a los que
casi no podía controlar. Fue titánico lo que hizo mamá con sus problemas de
salud y con la pérdida de visión. Empiezo a recordar cosas en común a partir de
Pedro Muñoz, en Ciudad Real, a pesar de haber vivido en Pedroñeras y nacido
ambos en Albacete con 11 meses de diferencia. Nuestra madre, que siempre tuvo
un ángel, a veces alguien terrenal como nuestra vecina, la señora Carmen, hizo
lo que pudo. Carmen siempre atenta a aquellos niños pequeños del piso superior,
en cuanto nos oía llorar, ayudando cuando podía, aunque no pudiendo evitar
accidentes domésticos de cierta importancia, como mis graves quemaduras, el
accidente en el que me partí el labio o tus trompazos cotidianos. Ese pueblo
era extremadamente frío y recuerdo cómo mamá nos ponía unos aparatosos
pasamontañas de lana que nos tapaban toda la cara salvo los ojos y nos llevaba
a la guardería cercana a la calle Carlos Garzarán, el callejón de nuestra
infancia.
Nuestras tías de
Minaya siempre estuvieron pendientes de su” hermanica” y de nosotros, pese a la
distancia. Han sido siempre un gran apoyo desde nuestro nacimiento, sobre todo
nuestra tía Emilia, siempre dispuesta a venir y echar una mano en lo que
hiciese falta. Por cierto que tu nombre, Virginia, de moda en las revistas del
corazón de 1976, visto en casa de la tía Mercedes, fue sugerido por la Emilia. Tu
bautizo, cómo el mío, fue también en Minaya y tus padrinos fueron nuestro primo
Juan Luis y la tía Mariquita.
Muy borroso, pero me acuerdo de que a veces nos pasaban cosas inexplicables o macabras, como lo de un niño más mayor que se propasó con nosotros en un portal. Entonces estábamos bastante tiempo solos en el callejón en donde vivíamos y a veces subíamos a casa con algún susto: ya en el cole con 5 años, veníamos caminando con nuestras maletitas, cruzando calles aparentemente sin peligro, pero siempre nos metíamos en algún lío, como tocar un gato muerto o llegar a casa con algún golpe después de caer rodando por la "cuesta de la Tahona". De aquella época recuerdo alguna caída por las escaleras en triciclo o las quemaduras en pie y brazo. ¡Cómo olvidar esa marca vital en el brazo derecho¡ También sufrí aquel casi atropello de coche tras escaparme de casa, como bien sabes. Esas etapas en común, junto a nuestros padres, nos mantuvieron unidos, éramos prácticamente uno. De entonces venía tu proverbial falta de hambre: eras poco comiente, al contrario que yo y no te gustaba el jamón, cosa que asombraba a casi todo el mundo.
Poco tiempo
después, ya en Blanca, cada uno tenía sus amistades, si bien allí todavía
estábamos muy unidos, jugando en la calle trasera con los niños, incluido aquel
chaval discapacitado que tanto nos impresionaba golpeando la mano con un palo.
Subíamos a los limoneros, nos acercábamos al rio Segura, dónde se podía uno
bañar. Una tarde cualquiera jugando en la calle una bici te atropelló
causándote algunas heridas. A mi una moto me arrolló en la puerta del colegio,
el grupo escolar Molina González. Tuvimos mucha suerte, como todos los críos
de los 80, jugando libres por el entorno que nos rodeaba, lleno de naturaleza y
peligro. Nos recuerdo también cruzando el río por ese estrecho puente de acero
o llegado tan lejos como a la plaza de la iglesia, toda una aventura por
entonces. Creo que fue en esa época cuando comenzó tu sonambulismo, llegando a
escaparate del piso de noche, suerte que papá estaba despierto de madrugada y
te metió de nuevo a la cama. En Blanca pasábamos algunas breves temporadas con
la abuelita, de la que recuerdo todavía su peculiar aspecto avejentado y su
olor especial, llevando aquellos típicos vestidos con lunares. No se me olvida
la intoxicación que tuve por comer un tipo de salazón y cómo se me hinchó la
cara mientras tú te reías de mi aspecto. Tu mejor amiga era Mónica, la
hija del dueño del bar de debajo de nuestro edificio a la entrada del pueblo,
en la calle Gran Vía, una chica muy mal hablada según decía papá. A lo mejor de
ella sacaste esa forma tan tuya de hablar secamente y mandar a la mierda a los
que te criticaban. ¿Recuerdas a mi amigo
Luis, el que tenía el chalet junto al río, y por dónde, como en un laberinto de
Dédalo recorríamos la enorme casa que tenía su propio cuarto de juegos?
Hacia el 81, antes del
famoso mundial, fue cuando murió la yaya Paquita en Alicante, la única abuela
que conocimos. Era casi navidad y tuvimos que salir precipitadamente hacia allí
pasando la noche en el piso con los primos de Elda. La abuelita Paquita, que
nos quería un montón y nos protegía, sobre todo a mí, según decía mamá.
Para entonces, también nos habíamos vistos envueltos en todo tipo de andanzas en nuestros frecuentes viajes a ver a las tías en el pueblo. Recuerdo el agua hirviendo que se te derramó en la cabeza o la puerta de hierro que me cayó a mí encima, entre otras trastadas. ¿Te acuerdas de los castigos de la tía por nuestro comportamiento, cuando en ocasiones nos mandaba a la cama de manera abrupta? Llegamos a tenerle miedo durante bastante tiempo. Nuestros padres eran bastante permisivos, no nos castigaban casi nunca (salvo aquella vez que papá amenazó con la correa). Lo cierto es que estábamos todo el día jugando al balón o metiéndonos por esa casa, subiendo a la cámara o entrando a la gorrinera. Por el pueblo nos movíamos poco, para visitar a la tía Mariquita y al tío Peque, en aquella casa después reformada. O cuando aún vivía la tía Consuelo, saliendo para la estación. Recuerdo a nuestra prima Consolín, su hija, que falleció prematuramente y a sus hijos, con los que compartimos vivencias atestiguadas en fotos. También recuerdo a Esther, hija de Herminio, que también fue llamado antes de tiempo, con la que jugábamos cuando puntualmente coincidíamos. No olvido las bodas, como la de Francisco José, un fin de semana que había elecciones y que papá se quedó en el pueblo para organizarlas. Vinimos a la boda en la Julieta ( el autobús que nos llevaba desde Albacete capital).
Hablo de ti y de mí,
porque mis recuerdos incluyen cosas como lo que te hice un día que estábamos
solos, cuando te pinté todo el cuerpo de negro con betún. Muchos sustos
les dimos a nuestros padres, adquiriendo fama legendaria en la familia. Tú en
especial, cuando te tragaste unas pastillas de optalidón y te tuvieron que
lavar el estómago de urgencia. Mamá, la pobre, hacía lo que podía para llevar
la casa y criarnos. Ella iba quedándose sin vista y además sufría bastantes
caídas que la incapacitaban, como aquella vez que se cayó por las escaleras
dañándose la zona baja de la espalda. Estaba enferma casi siempre, algo que nos
inquietaba mucho y encima nosotros nos poníamos enfermos a la par en aquel
entresuelo de pasillo infinito y patio de escasas luces. Alguna vez recuerdo
visitas de los primos eldenses o de un amigo de papá llamado Luis, también
abogado, imposible de olvidar por lo grande que era físicamente. Los vecinos de
al lado, los paloma, nos acogían a veces cuando papá llevaba a mamá a algún
médico de paga, en Murcia o Alicante, ya fuera por la vista o por la anemia
crónica.
Yo recuerdo que nos
llevábamos regular y nos peleábamos, cosas de hermanos: yo me solía reír de tus
gafas o me metía contigo por tus notas que solían ser mejores. No me preguntes
porqué pero te decía "vieja" y “empollona” a cuenta de todo
ello. La verdad es que eras la empollona oficial de tu clase, según dicen tus
amigas. Luego, de mayores te tomaste la venganza recordándome mis defectos y
poniendo en todas tus claves de ordenador mi nombre modificado. Me enfadaba esa
forma tuya de hablar claro, pero en el fondo era tu carácter. En general, de
pequeña solías ser arisca con la gente desconocida, decían mamá y las tías.
También te metían en el bando de las cotillas o bacinas, porque querías estar
al tanto de todos los chismes y anécdotas de la gente.
Para 1983 fue cuando
acabando el colegio, llegó un taxi a la puerta del piso de Gran Vía con la tía
Emilia, y aparecimos en el pueblo de Dolores. Aun recuerdo la entrada hacia el
entresuelo aquel, dónde había un puente para cruzar hacia Almoradí. En Dolores
te convertiste en una persona muy sociable, desde los primeros cursos de la EGB
te hiciste con un grupo de amigas de vida y conocías las andanzas y pendencias
de todo el mundo, con sus característicos apodos.
La vida se hacía en la
calle y sobre todo en el paseo de Dolores. Recuerdo que ibas con un carrito de
bebé de juguete, corriendo a toda pastilla, igual que con tus patines de cuatro
ruedas, como loca, siempre con amigas tuyas como Lucre, Sonia o Almudena.
También de entonces compartimos anécdotas, como cuando entramos en el chalet en
ruinas de enfrente y unos vecinos más mayores, con pinta de yonquis,
nos invitaron a unas coca-colas en ese nuevo laberinto no de Dédalo que
acabaron derribando para hacer unos pisos. Cada uno tenía ya sus amigos del
cole y hacíamos los típicos cumples en casa con la tarta de la abuela que
hacíamos nosotros mismos, con chocolate y mantequilla con azúcar.
Siempre jugando por
donde queríamos, en las calles adyacentes o por la vereda del Pozo, la zona de
Corea que era como un lugar apartado y lejano para nosotros o por el rancho o
dónde nos apeteciera. Todavía recuerdo la riada de 1987, cuando nos vacunaron
en el colegio (cómo olvidar a Floreal pinchando en fila a la clase y la
hinchazón en el brazo tan dolorosa) y con botas de agua hacíamos incursiones
por las calles inundadas de las afueras, yo con amigos del cole como Jorge o
Periche. La verdad es que pasamos miedo, sobre todo cuando papá tuvo la
ocurrencia de ir a Elche a comprar al Continente. ¡El agua rodeó nuestro seat
pasando Catral! Suerte que pudimos dar
la vuelta. Te hablo de un pasado no tan remoto, pero como sabes no existían los
gps ni, por supuesto, los móviles ni nada parecido a internet.
Tanto tiempo estábamos
fuera que pasaban cosas, aquella época no era un remanso de paz. Recuerdo, por
ejemplo, que estando tú con tu amiga y vecina Cristina y yo con Nico, se os
abalanzó un exhibicionista en la calle de al lado, al que dieron caza
rápidamente. O cuando un perro rabioso, solitario, mordió a nuestro
vecino Jose María en el paseo. Suerte que su padre estaba en la barbería del
Marroquí, aquella a la que me llevaba mamá a cortarme el pelo. .
También por aquella
época un domingo nos enteramos del accidente mortal de tu amiga Susana, de
nuestro edificio de la calle Hermenegildo, que tristeza pasaste durante un
tiempo. Y es que es durísimo cuándo es un niño el que se marcha antes de
tiempo, cómo pasó con otro vecinico, creo que de la familia Caracol, que murió
de leucemia.
Recuerdo también los
juguetes que traían los reyes en Navidad ( tampoco existía Papá Noel) como tus
muñecas, que yo dejaba calvas pese a tus lloros o aquellos walkie-talkie con
los que flipábamos por unos cuantos días hasta que los reventábamos, juegos de
bolitas, alguno de química y el
inevitable cinexín con películas mudas que proyectábamos en la pared. De
entonces fue también la idea paterna de cuidar gusanos de seda. Papá nos
ayudaba a coger las hojas de morera, llegando a tener cientos y cientos de
gusanos que metamorfoseaban en polillas ( algunas se escapaban por la casa)
para después poner sus huevos.
No estábamos muy
integrados en el pueblo, particularmente yo y papá. Por eso no recordaba que el
ayuntamiento organizaba carnavales y que mamá no nos dejaba disfrazarnos pero
tú, llegaste llorando hasta tus amigas, y la madre de Lucre te disfrazó con lo
primero que tenían.
Después del cole, ya
en plena adolescencia, llegó el instituto Sequeros de Almoradí., a dónde íbamos
en bus y volvíamos a veces en auto-stop, ahorrándonos el dinero, ya más
mayores. La época de la EGB se había acabado aunque para ti sí que hubo viaje
de fin de estudios a Barcelona, Lloret de Mar y Pirineos con tus compañeros.
Mientras yo me quedaba sin amigos en el pueblo, tú en el pueblo y en el insti,
mantuviste y ampliaste tu número de amistades. Eran ya finales de los 80 y poco
a poco tú te ibas alejando, aunque siempre compartiendo lo común, la familia,
los veranos, los viajes a Alicante, Elda o Minaya. Es verdad que tu viajabas
más que yo: saliste a Barcelona y Pirineo de fin de curso, fuiste a
Extremadura, a Guadalupe y Mérida con el instituto y más tarde te atreviste a
viajar a Roma con tus amigas de Catral, donde recuerdo que perdiste o te
robaron la cartera, además de tener que cambiar de hotel por las malas
condiciones del recinto.
¿Recuerdas la época de
los recreativos? Muchas tardes acabábamos jugando allí al Bubble, el
Tetris o a al Mario. Habían varios en
Dolores y, obviamente, en la puerta del instituto, a dónde nos fugábamos a
veces (no estaban las puertas cerradas) o esperábamos el bus viendo en la tele No te rías que es peor. Cada uno tenía
sus amistades en BUP, pero esas coincidencias si las recuerdo: el bus, los
recres, la panadería dónde comíamos un bocata recién hecho con aceite….En el
pueblo también frecuentábamos el polideportivo cuando nos apetecía: yo me fugué
al poli mientras tú te examinabas del curso de mecanografía en el sindicato de
aguas…recuerdo varios partidos de tenis contigo. Ese polideportivo bajo control
del "Cachabero", en el que vimos algunos conciertos en fiestas, con
pase especial del ayuntamiento. Al principio nos prohibieron ir a ver a
Loquillo pero después si asistimos, cada uno con sus amigos, a ese conciertazo
tan accidentado de Los sencillos con la entonces potente Siniestro Total que
acabó como el rosario de la aurora.
En Alicante utilizábamos
todavía aquella bici BH plegable que nos compraron y que compartíamos en las
faldas del Castillo de San Fernando. Después, cuando fuimos ya más mayores, Papá
nos daba veinte duros para ir a los recreativos de la calle San Mateo y los
domingos a Dundilandia, en la calle Gerona, donde nos dejaba jugando a las
maquinitas mientras se iba a leer el Información a la explanada o aledaños.
En toda esa etapa
estuvimos muy unidos, los veranos y los fines de semana, dormíamos en la misma
habitación hasta que nos hicimos mayores y yo me fui al salón. A veces nos
robaban por la calle y volvíamos llorando a casa. Por aquella época,
debido a la delincuencia callejera, nos compraron el ordenador Spectrum, que yo
casi acaparaba y comenzamos a hacernos una colección de casetes de juegos.
Otras anécdotas en Alicante fueron ir solos a la plaza de toros a ver
actuaciones como las de Martes y Trece
o conciertos como el de Emilio Aragón,
cosas de moda por entoces. También
recuerdo el cine, las películas que vimos juntos, las que echaban por la tele,
incluyendo alguna de terror que tú no aguantabas, como El exorcista. No sé por
qué nos dejaron verla, a lo mejor para darnos miedo, como aquella intro de una
serie en la que aparecían unos jinetes siniestros, que papá nos
ponía a todo volumen para que nos metiéramos rápidamente bajo las sábanas.
Nuestro padre, tan
padre de tipo antiguo, solo aparecía de verdad cuando estábamos enfermos y
tenía que llevarnos a especialistas como a ti a un otorrino, ya que de pequeña
solías hablar casi a gritos o cuando ibas al oculista para vigilar tu miopía.
Las gafas, un rasgo distintivo tuyo., muy personal. O cuando de muy pequeños
nos contaba algún cuento o nos los ponía en un disco en el tocadiscos, del que
siempre hacía uso para oír música clásica hasta altas horas de la madrugada. Yo
siempre pensé, a lo mejor equivocadamente, que te prefería a ti, por ser más
lista o por ser la única chica o, vaya usted a saber, si porque naciste el
mismo día que él.
En cambio, nuestra
madre, con sus dificultades, hizo todo lo que sobrehumanamente se podía hacer
con nosotros. Mamá fue la persona más fuerte y valiente que he
conocido. Un poco llorona, como tú, supo levantarse siempre de
tantas caídas que le puso por delante la vida. A veces nos enfadábamos con
ella, recuerdo tú etapa rebelde, cosa por otro lado normal en la
adolescencia. Ella siempre te quiso mucho a pesar del genio que
gastabais. Eras una persona muy reivindicativa y querías defender tu
visión de las cosas y muchas veces acababais a gritos o llorando, cabreos a
veces sin una base real, sin importancia. Nosotros también reñíamos muchas
veces, como buenos hermanos. Por tu forma de ser y por lo cabezón,
literalmente, que soy yo.
Volviendo al cine, vimos bastante en salas de Alicante (y en Dolores todavía funcionaba el Cinemazul) , como El secreto de la pirámide, Fantasía o ya más mayores, algunas en el Ideal, como la de En la boca del miedo, de Sam Neil ( que miedo pasamos). Al Cinema Carolinas nos llevó papá a una reposición de los hermanos Marx ( Sopa de Ganso). Fue la etapa en la que estuvimos más unidos, también durante los veranos, donde bajábamos al Galerías Preciados con mamá, visitábamos a las primas y a la tía Mercedes en la calle Jijona o venía el tío Paco y la tía Mari con los primos a pasar el día, incluyendo asistir domingo por la tarde a algún partido del Hércules contra el Real Madrid de la Quinta del Buitre o contra el Barcelona (nos insultaron por la calle). Te reías de mi porque lloré tras la derrota azulgrana en Sevilla en 1986 ¡cómo te gustaba reírte a mi costa!
El verano en Alicante
consistía también en bajar andando al Postiguet aunque lo habitual era ir por
las tardes a Playa San Juan, siempre al mismo sitio, junto al chalet del
Dr.Rubert, antes de llegar a aquel edificio de pisos de color verde. Nos
bañábamos, jugábamos a las palas, hacíamos castillos, nos
enterrábamos en la arena y tomábamos el sol, todo aderezado con Nivea y un
buen bocadillo al caer la tarde ( después cenábamos, ¿recuerdas? ).
No me olvido de más anécdotas. Nosotros dos solos bajamos a la Rambla y acompañamos entre una marea de gente, a la llama olímpica del 92. A veces venían algunas temporadas los primos de Minaya y las tías, a pasar unos días en verano o en Hogueras. José Antonio, al que le atracaron en la calle, Juan Luis y Use con la tía Emilia, a la que le venía muy bien la brisa marina para el bocio, eso decían, o la tía Mariquita y el tío Peque. Solíamos ir al cine con la Emilia, al Carlos III o al Monumental, como aquella película del pato Howard o la del viajero por el tiempo "El vuelo del navegante". Me hacía gracia como, antes de llegar la visita, limpiábamos todos como locos las telarañas del altísimo techo de ese piso antiguo de Carolinas Bajas, en el que pasábamos fines de semana y veranos. Recuerdo a las vecinas, curiosamente paisanas de Albacete, dos señoras mayores, hermanas, que vivían juntas, Rosita ( en realidad Rosaura) y Elena, sobre todo Elena, que estaba bastante sorda pero la metíamos a casa para sentarla delante de la tele aunque no se enterara de nada.
Recuerdos como aquellos paseos vespertinos por el parque Canalejas y sus columpios ( dónde había un mapa de España tridimensional) y la Explanada, antes sin tanto chiringuito y con la Concha funcionando como auditorio de música, los granizados en Peret, algunas cenas en el flamante Corte Inglés de Maissonave, las películas y dibujos que veíamos en aquella tele tan pequeña, cuando me despertabas los sábados por la mañana por los New Kids , hasta todos los dibujos de después del telediario o cuando ponían La bola de Cristal los sábados por la mañana. Las tortas de azúcar del horno de Jaime Segarra, que devorábamos, las misas dominicales en El buen pastor o algún domingo especial en San Nicolás, hasta que hicimos la comunión, yo con un año de retraso para esperarte en aquella ceremonia familiar en Minaya. Por cierto que tú eras con 9 años más alta que yo y me pusieron una banqueta para la foto oficial. No quería omitir aquella vez que me tiraste de un empujón de lo alto del tobogán en el paseo de Soto. Fue la única vez que intentaste asesinarme, éramos muy pequeños, ya no lo recuerdo bien pero la caída en duro casi me deja seco.
Más cosas como ir por
la tarde a Heladería Verdú en San Mateo y la plaza Manila o la Bola
de Oro, con aquel otro laberinto infecto con olor a pis. Alicante, entonces, todavía
más sucia que hoy, por desgracia.
Luego del instituto y
tus viajes de estudio, ampliando el número de tus conocidos, empezamos a la vez
la universidad y a ti te cogieron en empresariales, con tu amiga María José, y
aunque te llevó tiempo y cabreos de los padres, terminaste la diplomatura.
Nunca olvidaré tú forma de despedirte de mi con aquellos gestos copiados de Martes y Trece, tú forma de mirar, tu perspicacia y también tú forma de cuidar y de sufrir por tu familia y tus hijas. Ibas siempre loca, para ocuparte de Sandra y Gabriela y tener la casa y la comida a punto, a veces incluso trabajando en la empresa de tu amiga María José durante casi 15 años o después en algún súper de cajera. Tantas cosas compartimos...las cintas de cassette, los VHS, algunos libros. Recuerdo tu adolescencia pegada a las revistas de super pop y a los cromos de cantantes y famosos guapetones, algunos posters, la locura por grupos como New Kids on the Block e incluso llevabas una agenda ( que yo te espié alguna vez) donde apuntabas las aventuras de cada día y los chicos guapos que te gustaban, como ese compañero de EGB. La vida en el entresuelo, con ese pasillo infinito y luego en la casa mal climatizada en la que estuvimos muchos años, fría en invierno y un horno en verano, haciendo uso del brasero en la mesa camilla y de los ventiladores. Recuerdo la lucha conjunta que teníamos para lograr que padre soltara los cuartos y nos comprara una tele en color o un radio cassette para grabar las canciones de la radio, por el que competíamos. También te recuerdo bajando a comprar tabaco para papá en el paseo, en Pepito, ¡qué cosas! Hoy sería imposible. Lo cierto es que discutimos mucho para que dejara los cigarros y no lo conseguimos. Yo acabé viviendo en Alicante y tu marchaste para Almoradí, cuando te casaste.
Recordaré siempre
cosas tuyas como cuando tuve el primer accidente de coche y después durante la
convalecencia con el collarín, me ayudaste a vender los libros del Círculo de
Lectores, eso sí, cobrando una parte.
Sé que tuvimos
nuestros desencuentros y que nos enfadamos durante tiempo por cuestiones
familiares, el cuidado de los padres sobre todo, pero a pesar de eso, jamás
perdimos el contacto y hablábamos por teléfono, tú en Almoradí, casi siempre en
el parque de la “U “ con las crías. Yo en Elche, donde veníais a tomar algo de
vez en cuando, al Aljub, a McDonals o al Jalisco, el mexicano, y después
regresabas conduciendo el Saxo de papá y después el coche rojo que dejaste de
conducir desde tu enfermedad.
Nos contaste que
disfrutaste mucho en el viaje a Nueva York y que te sentiste importante por
unos días paseando por Central Park o cruzando el puente de Brooklyn. Eres,
como yo, muy despistada: te llegaste a olvidar de una tortuga que hibernaba o
no arreglabas bien a unos pajaritos que murieron de calor, así así como de
regar a tiempo las plantas del balcón.
Son tantos y tantos
los recuerdos juntos, algunos tú ya casada y ambos con hijos, tu en Almoradí
criando a tus dos queridas hijas, Sandra y después la pequeña Gabriela y yo en
Elche, con los mellizos que no sabías diferenciar, Alex y Fran. Me vienen a la
cabeza tus hijas que tanto te echarán a faltar, hermana. Una con 15 y la
pequeña de 10. Pero estoy seguro que tu las acompañas ya para ayudarles en lo
que necesite.
Has luchado muy duro
estos dos últimos años y a pesar de tus comidas de cabeza has sabido lidiar con
todo hasta los últimos meses. Ha sido triste como te decía, verte así al final,
cuando te acompañábamos a la U o a alguna cafetería, cogiéndote de la mano o
abrazándote mientras tu llorabas preguntándote que te pasaba (eso fue quizás lo
más duro de vivir y de recordar).
Querida Virginia, mi
única hermana, siempre te llevaré conmigo. Si es que existe el cielo, vuela alto,
saluda a papá y mamá que te esperarán y cuida de tus "chicas" desde
donde estás ahora. Ellas sabrán, con el tiempo, recordarte cómo fuiste de
verdad y ser excelentes personas, como tú lo esperas. Un abrazo fraternal, como
los que te pude dar hasta el final. Te quiero mucho, no te olvido, hermana.
Luis Pueyo García